Jesús, la Vid verdadera

Jesús, la Vid verdadera

Antes que todo, esta es una de las ilustraciones que más me gustan de Jesús: una vid, pero no cualquier, la Vid verdadera.

Recuerdo los días que visitábamos el campo de mis abuelos y nos quedábamos bajo un parrón. Esa imagen se me hace aún más nítida cuando pienso en Jesús como vid. Al pensar en un arbusto tan entrelazado, con una larga vida y dando tanta sombra, siento como que no hay otro árbol que pueda ilustrar de mejor manera a Jesús y la relación que tenemos con Él. 

Qué dice el latín

Como dato al margen, la palabra vid procede del latín y alude al árbol del conocimiento, entonces mejor ilustración para Jesús.

Jesús está afirmando que siendo la vid nos estará dando alimento y todo lo que necesitamos. Así, como lo he dicho otras veces, Jesús se vuelve nuestro suficiente. Él nos da todo y con Él nada nos falta. Él lo llena todo en todo.

En el Antiguo Testamento, la vid representaba al pueblo de Israel, pues la forma de acercarse al Padre era por la sangre judía, pero su orgullo lo convirtió en una vid salvaje que producía uvas amargas, como lo declaró el profeta Isaías. Era necesario que viniera Jesús para que por su sangre podamos acercarnos a Dios, aunque no tenemos sangre judía. Jesucristo une lo que no formaba parte de su pueblo y lo hace parte suya, une lo divino con lo humano.

Jesús, la Vid verdadera que tu corazón necesita

En el primer versículo, Jesús dice: Yo soy la vid verdadera. Me hace entender que existen otras vides o imitaciones de vides. Y claro… de muchas maneras nos vemos involucradas en vides que solo son falsificaciones, que nos tienen atrapadas en vez de sostenernos con ternura. Enredaderas que nos confunden y lo que menos hacen es darnos lo que necesitamos. Pero Jesús está atento a nuestro corazón, nos conoce con detalle y nos entrega los nutrientes que estamos requiriendo.

Si seguimos avanzando en el capítulo, Jesús incorpora nuestra labor en esta ecuación. Nos corresponde llevar fruto. Lo genial es que no es por nuestras fuerzas, ni estamos solos en esto. Jesús está ayudándonos continuamente. A veces podemos creer que llevar fruto significa productividad, hacer cosas, ponernos a trabajar como locas, pero más bien se refiere a llevar una vida digna de quien nos llamó, de quien ama nuestra alma. La labor del Padre, quien es el labrador, es ir cortando los pámpanos que no dan frutos y podando a los que dan, para que den más. Es así que cada vez que damos frutos, honramos al labrador.

En esta vida hemos saciado nuestra necesidad de afecto y protección de muchas maneras y nada nos ha dado resultado. Por tal razón, para que nuestra vida sea fructífera debemos permanecer en Jesús, sin Él no podemos hacer nada. Si vamos a ser dependientes de alguien, que sea de Jesús. Él no nos quita, no nos estruja. Él nos da, nos provee sustento, protección y cuidados.

Dónde más quisiéramos ir!!

Sólo en Él encontramos vida. Por tanto, acércate al autor de la vida y al que perfecciona la fe, con Él nada te faltará.

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