Gozo que fortalece

Gozo que fortalece
Por Carolina Neira Campos

En esta penúltima semana de Adviento quiero reflexionar sobre otro regalo que Jesús trajo consigo al nacer: el gozo. Por un lado, dónde lo encontramos; y, por otro, su efecto en nosotros.

 

DÓNDE BUSCAR EL GOZO

 

En primer lugar quiero hablarles del rey Salomón, cuya sabiduría no se ha podido igualar en el paso de los siglos y que anduvo buscando ese gozo. Cuando ya era viejo miró su vida en retrospectiva y se dio cuenta que lo buscó en tantas cosas que consideraba importantes, pero se da cuenta que todo fue un tiempo perdido y sin provecho. 

Él mismo escribe: “Todo lo que quise lo hice mío; no me negué ningún placer. Hasta descubrí que me daba gran satisfacción trabajar mucho…; pero al observar todo lo que había logrado con tanto esfuerzo, vi que nada tenía sentido; era como perseguir el viento. No había absolutamente nada que valiera la pena en ninguna parte” (Eclesiastés 2.10-11).

Aunque es una reflexión hecha hace tres mil años atrás, parece muy contemporánea. Hemos gastado nuestras vidas para alcanzar un deleite que no llega, una alegría escurridiza, una satisfacción que se acaba. Pero todo esto es como tratar de agarrar el viento con nuestras manos.  

 

 

NO SE TRATA DE LAS CIRCUNSTANCIAS

Por otra parte, tenemos la historia del profeta Habacuc, quien pasó mucho tiempo tratando de entender su contexto y cómo muchos que, haciendo lo malo, alcanzaban grandes alegrías. Pero al final de sus quejas logra entender sus dudas: No depende de lo que suceda a tu alrededor, ni lo que acumules con el tiempo. Tampoco se trata de las circunstancias. Nada puede darte el gozo que Dios te da. 

Fue, precisamente, el día en que nació Jesús, cuando un ángel se acercó a unos pastores que estaban cerca de Belén: “«No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de gran gozo para todo el pueblo.» Hoy les ha nacido en la Ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. (Lucas 2:10-11)

Lo genial es que esa buena noticia no era solo para el pequeño pueblo de Belén, sino también para nosotros. No temamos, Jesús sigue siendo nuestro Salvador y esto nos debiera dar gran gozo. No es un pequeño niño necesitado de pañales y biberón. Su venida a este mundo es el motivo y fundamento de nuestro más grande gozo.

 

QUÉ CAUSA EN NOSOTROS

Años atrás iba a almorzar dónde mi madre un par de veces a la semana junto con mi hermano menor. Subíamos corriendo las escaleras del edificio y nos daba tanta risa que  sentíamos que nos debilitábamos y no podíamos seguir subiendo. Pronto se nos pasaba y la vida continuaba. Pero el gozo de Dios no se extingue y nos hace fuertes; ignora nuestras debilidades y nos engrandece. 

El profeta Nehemías dijo: “El gozo del Señor es nuestra fortaleza» (Nehemías 8:10). Su amor inagotable nos fortalece; sus fieles promesas nos fortalecen; su compañía incondicional nos fortalece.

 

RECIBAMOS EL REGALO

En esta época de Navidad, recuerda la noticia que trajeron los ángeles a tu hogar, hay un Salvador, un Padre que quiere tener una relación contigo. No sigamos persiguiendo el viento. No se trata de pesebres ni regalos. Es el tiempo de agarrar ese gozo que nos hace fuertes, aunque seamos débiles. Que nos invita a confiar, a pesar de las circunstancias. 

Así podemos decir como Habacuc: Aunque la higuera no florezca, y no haya uvas en las vides, aunque se pierda la cosecha de oliva y los campos queden vacíos y no den fruto, aunque sigamos en medio de esta pandemia y no sepa lo que sucederá el próximo año, ¡Con todo eso me alegraré en el Señor! ¡Me gozaré en el Dios de mi salvación! ¡El Señor Soberano es mi fuerza! Él me da pie firme como al venado, capaz de andar sobre las alturas y en lugares escarpados». (Habacuc 3.17-19)

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