Las aguas de nuestra vida

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Por Carolina Neira Campos

En los hermosos paisajes del sur de mi país, podemos admirar cómo Dios se lució en su expresión creativa. Extensas aguas, lagos, generosos ríos, imponente cordillera, hermosos volcanes, flora diversa y animales de los más singulares. Pero estos últimos días hemos visto cómo las lluvias han pasado a ser de una pintoresca característica del paisaje a una abrumadora y atemorizante experiencia.

Las aguas en la Biblia

Esto me recuerda a dos tipos de aguas que leemos en las Escrituras: una, en el capítulo 7 del libro de génesis y la otra, en el capítulo 7 del evangelio según san Juan.

Las aguas que conoció Noé

Noé no lo estaba pasando bien. Había recibido instrucciones de parte de Dios que no eran auspiciosas ni lógicas. Le había dicho que llovería y que no sobreviviría nadie en la faz de la tierra, a no ser que estén dentro de un gran barco que él debía construir según las indicaciones dadas por Dios. Me imagino la cara de Noé mientras recibía el comunicado. Pero al final, Noé hizo todo tal cual Dios le mandó (Génesis 6.22).

El patriarca había hallado gracia ante los ojos de Dios y lo salvó junto a su familia, pues los días que estaban próximos a vivir, serían de tal manera destructivos que Dios no los volvería a repetir. Ciertamente, serían aguas de muerte.

El relato nos cuenta que vinieron las lluvias y subieron las aguas y crecieron en gran manera, de modo que los montes altos que habían bajo el cielo fueron cubiertos (7.18-19). A su alrededor sólo había mortandad. Fueron 40 días de intensa lluvia que se hicieron eternos.

Luego de eso, las aguas cubrieron la tierra por 150 días más, pero no fue hasta unos meses después que el arca pudo posarse sobre el monte Ararat. Después de eso, Noé envió una y otra vez una paloma para saber si ya estaba seca la tierra. Fue en uno de esos días, que la paloma trajo una hoja de olivo y entendió Noé que las aguas se habían retirado de la faz de la tierra (8.11). Pero todavía debió esperar otro poco antes de recibir la voz de Dios que le daba la noticia que podía salir del arca a salvo con su familia y todos los animales que había rescatado.

Aguas tormentosas

Dios prometió que nunca más destruiría la maldad de los hombres de esa manera. A veces pareciera que estamos en medio de un diluvio y que por más que esperamos, las aguas no cesan y comenzamos a desfallecer. Puede que cuarenta días sea mucho, sobre todo si estamos en medio de aguas confusas y amenazantes. En ocasiones, las aguas no se van antes del año y pareciera que nunca volveremos a oír la voz de Dios.

Debemos creer

Pero debemos creer que Dios sigue a nuestro lado, y enviará una suave brisa para que toda agua inquietante se aleje y así podamos bajarnos de ese barco. Es más, Dios mismo proveyó del diseño de esa nave, para dar oportuno refugio a quienes se cobijaran en él.

Dios debía actuar. Secaría la tierra y daría una voz de esperanza.

En ocasiones, creemos que por hacer todo lo que Dios quiere es suficiente para estar alejados de problemas y sinsabores. Dios vio el corazón de Noé, vio que era digno de gracia. Noé había hecho todo lo que Dios quería, pero aun así,  debió pasar por tiempos de angustia. Pero Noé le creyó a Dios y fue hecho heredero por la justicia que viene por la fe (Hebreos 11).

¿Qué harías al bajarte de un viaje como ese?

Podríamos reclamar por el mal servicio, dejar nuestras quejas por escrito. Volvernos a Dios y protestar por la forma de recompensar la vida de consagración y obediencia. Pero lo que hizo Noé nos deja sin palabras. Hizo lo que a Dios más agradó: “Y edificó Noé un altar a Dios… y percibió Dios olor grato” (8.20-21), alabanza que conmovió el corazón de tal manera que prometió que nunca más enviaría una destrucción como había hecho.

Otras aguas

En el evangelio según san Juan, se nos relata otra escena. En medio de una fiesta, Jesús se puso de pie y alzó la voz diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7.37-38) Se refería al Espíritu Santo que aún no descendía en medio de ellos.

No es cualquier agua, viene directo de las moradas de Dios (Exequiel 47.1; Joel 3.18); no es afectada por los tiempos ni por las circunstancias (Zacarías 14.8). Cristo es la fuente de vida que nuestra existencia necesita (Juan 4.10); son aguas que satisfacen las más profundas necesidades (Isaías 49.10) y su provisión es inagotable (Apocalipsis 7.17).

¿Qué más podríamos desear?  ¿Qué sea gratis?

Dios nos dice: “¡Vengan a las aguas todos los que tengan sed! ¡Vengan a comprar y a comer los que no tengan dinero! Vengan, compren vino y leche sin pago alguno” (Isaías 55.1). Cuando Juan estaba en el exilio escribió: “El que tiene sed, venga; y el que quiera tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22.17). Cuando recibimos algo gratis, podemos creer que es algo pequeño o sin mucho valor, pero el agua de vida que Dios nos ofrece se asemeja a un arroyo (Salmo 110.7); una fuente (Isaías 12.3); un pozo (Jeremías 2.13); o a un río (Ezequiel 47.5).

Cuando nos hemos apartado de la voluntad de Dios, se abrirá una fuente de agua fresca para lavar el pecado (Zacarías 13.1) que hemos cometido.

Muchas veces queremos ser los gestores de las soluciones que a nuestro parecer se retrasan y en ese cometido nos olvidamos de la fuente de agua viva y construimos nuestras propias cisternas que no retienen agua (Jeremías 2.13).

Para pensar

Debemos reflexionar y comprender que incluso cuando las aguas se vuelvan amenazantes a nuestro alrededor, no debemos angustiarnos ni desmayar. Dios nos colma con su Espíritu para que esas dulces aguas nos refresquen y den el aliento que necesitamos en el día malo. Nos queda guardar silencio ante Dios y Él hará (Salmo 37.7).

Cuando vuelvas a sentir una fresca brisa, recuerda que puede ser Dios alejando las aguas tormentosas de tu vida. Ahora sólo quiere hablarte y darte un dulce consuelo. Déjalo actuar.

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